Cuando uno mira el panorama político, cada vez tiene más la sensación de que los cuervos de cuello blanco aplican a la sociedad civil dosis tras dosis de anestesia local, suficiente para mantener a la opinión pública tan sonada como el boxeador perdedor de un combate. Cuando echo el ojo al Parlamento, esa institución desvirtuada por consenso desde la Transición, veo que unos emplean el valioso tiempo que todos les pagamos en arrojar los huevos podridos de la corrupción a los de enfrente, mientras que éstos inventan polémicas con escuchas ilegales y pérdida de derechos civiles frente al coco del Estado (de derecho, cuando les conviene).
Los primeros olvidan que la corrupción es transversal en todos los sentidos, y que su bando escribió las páginas más escandalosas del pelotazo en nuestra Historia reciente. Los segundos olvidan que SITEL lo compraron ellos, aun sabiendo que era una herramienta constitucionalmente discutible (no lo digo yo, son sus palabras).
Y lo que olvidan todos (no, no lo olvidan) es que entre tantos huevazos podridos y anestésicos locales no dicen una sola palabra de cómo hacerle la vida más soportable al ciudadano de a pie. No se habla de economía, de vivienda, de banca... Y lo peor es que nosotros tampoco nos movemos. No hay forma de que les tiremos de la oreja más que en elecciones, único momento en el que se acuerdan de nosotros y su discurso se torna aún más insultante a la inteligencia media. Estamos demasiado ocupados viendo Gran Hermano, conociendo los secretos sucios de la Pantoja y el Muñoz. Me cuesta, lo confieso, pero a veces pienso que quizá tengamos la clase política que nos merecemos.
Con los millones de parados no veremos manifestaciones multitudinarias en las calles, pero veréis el día que un club de fútbol de primera descienda a segunda... Sí, puede que nos lo merezcamos.




